Es impresionante la cantidad de historias apocalípticas que nos encontramos si echamos un vistazo a las últimas décadas; toda clase de plagas, enfermedades, invasiones y esperpentos del más allá han venido hasta la Tierra a acabar con todo lo que amamos; en ocasiones nos enseñan lecciones de vida, otras tantas les pateamos el trasero y muchas más terminan indeflectivamente con la humanidad.
Pero, ¿A qué debemos la fascinación de todo el mundo por el final de los tiempos? Ok, no es el fin de los tiempos, pero sí el fin de nuestro tiempo, ¿Cuál es la razón por la que perseguimos tan desesperádamente un motivo por el cual todo llegue a su fin? Mi primera suposición vendría de creer que nos encanta la destrucción, tantas veces hemos visto cercenada la cabeza de la estatua de la libertad y sentido escalofríos por saber qué fue lo que lo causó, aún si nunca hemos visitado tan recurrido lugar.
Nos encanta ver cómo las ciudades se deterioran, cómo poco a poco la vida salvaje se va apoderando de su lugar otra vez, las insufribles historias de supervivientes que pese a todas las adversidades se ven en la necesidad de vivir el día a día, enfrentando todo el calvario que representa ser uno de los pocos que lograron salir avantes del gran rebooteo mundial.
Para muestra falta un botón, una de las películas más taquilleras de los noventas fue Independence Day, donde Will Smith combatía contra una raza alienígena que había venido a la Tierra con intenciones muy poco claras, salvo el hecho de hacer las veces de casero y "Desalojarnos" a la fuerza de nuestra casa; lamentablemente para tan impetuosos extraterrestres, todas sus naves aparentemente contaban con alguna versión de Windows, pués como recordarán, terminan siendo vencidos por un virus informático cargado en los sistemas de la nave nodriza.
Avanzando un poco más, tenemos el esparcimiento de un virus letal que, creado por nosotros mismos (DUH!) comenzaba arrazando las calles de Inglaterra, sí, estoy hablando de 28 Days Later, donde los infectados acaban en su totalidad con la sociedad inglesa, reduciéndolos a un puñado de personas en busca de las mejores condiciones de supervivencia, demostrándonos que el más grande peligro después de que todo haya llegado a su fin, seguimos siendo nosotros mismos.
Incluso en la película This Is The End, vemos una versión del fin del mundo, en una versión que se toma bastantes libertades con respecto a como ha sido predicho en la Biblia; con un corte humorístico podemos apreciar todo lo que ocurrirá con la humanidad cuando Dios finalmente se canse de lidiar con nosotros, incluso llegamos a ver una versión nada mal lograda del señor del infierno, paseando su miembro demoníaco por las calles de Los Ángeles.
Obviamente no podemos dejar de lado el universo de los videojuegos, en el que encontramos un sin fin de ejemplos, pero en el que podemos apoyarnos más recientemente, es en una de las más grande sobras que se hayan creado para los videojugadores: The Last of Us, donde (De nueva cuenta) un virus acabó con la civilización tal y como la conocíamos en un dos por tres.
Todo lo anterior me hace llegar única y exclusivamente a una conclusión, sí, nos encanta ver como las calles se llenan de sangre, como la vida abandona lentamente los lugares más poblados de la Tierra, destrucción sin sentido, gente perdiendo el control y recurriendo a sus instintos más bajos para poder sobrevivir, pero sobre todas las cosas, la razón por la que tanto disfrutamos de éste tipo de historias, es por la esperanza de un reinicio, de comenzar todo de cero y evitar los errores que nos llevaron hasta ese punto en primer lugar.
Amamos la idea de un nuevo comienzo, de dejar atrás cada error, cada mala decisión y emprender un nuevo camino adaptando la sabiduría que ya poseemos a éste nuevo mundo peligroso y caótico que recién se abre ante nosotros, y en el que el conocimiento del mismo, nos puede convertir en su amo o su esclavo.
En resúmen, adoramos los relatos del fin del mundo porque sin importar la manera en que lleguen, tendremos la oportunidad de levantarnos, al menos la mayoría de las veces, y aprender de nuestros errores para mejorar, lo cuál deja una sola cosa en evidencia: el apocalípsis trae esperanza.
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